miércoles, 20 de mayo de 2009

El llamado de la especie

Me recuerdo viajando solo y de noche, en un micro de Antón hacia Villa Gesell, ansioso y desesperado; alimentado por la meticulosidad de siempre, con un Siddharta de Herman Hesse en una mano y un puñado de caramelos en la otra. En mi bolsito ridículo llevaba un par de ropas insuficientes y algunos amuletos contra los espíritus malos de la lejanía ignota: un encendedor Carucita al lado de un paquete de Parliament, un papelito doblado con las instrucciones para cuando el micro llegara (mi único contacto con el mundo conocido que habría de tener en ese paraje inimaginable), y mi boleto de regreso para una semana después (nada menos que mi cordón umbilical uniéndome a la Pacha Mama que me vio nacer).

Y la vigilia de esos increíbles cuatrocientos kilómetros...

En los días previos, mis ojos habían gastado los mapas de la provincia de Buenos Aires, siguiendo como a un camino de hormigas la enigmática ruta 2. Había aprendido de memoria todos los cruces y pueblos, desde la rotonda de Alpargatas hasta Las Armas y desde ahí, todos los nombres que figuraban hasta Villa Gesell, en esa Guía de Caminos Argentinos, editada por la Ford, que quien sabe donde había conseguido, y que era admiración de mis amigos y codicia de los adultos. 

Hasta ese momento, el mar era para mí una inmensidad de agua que mi cabeza no podía abarcar. Tenía la ingenua referencia de algunas revistas con fotos de playas del Caribe, imágenes dispersas de unas cuantas películas en blanco y negro, sobre todo de piratas, y los comentarios recogidos por ahí, sobre la fuerza de las olas y la salobridad del agua. Y no mucho mas.
Mi amigo el gordo Hugo Grill, estaba en la Villa -como la llamaban sus habitúes- con toda su familia. Ellos iban desde siempre. Además, un tío del gordo había puesto en la Avenida 3 un boliche de venta de empanadas y comidas criollas, el Pichi Huasi, que parece que tenía cierto éxito. Así que el gordo me mandó una postal con una vista aérea de la Villa, donde me decía que la estaba pasando bárbaro, que había montado a caballo y que me fuera para allá, que me invitaba unos días. 
El shock que me produjo esa postal fue algo que todavía hoy recuerdo: era como tener en la mano un billete de avión para recorrer el mundo.
Recuerdo como disfruté, después del permiso de los viejos, toda la planificación del viaje, desde ir a comprar los pasajes, hasta organizar el equipaje, los elementos necesarios para la travesía, los cálculos de horas de arribo a los distintos pueblos de la ruta, las horas que pensaba dedicar en el micro a la lectura, al sueño, a mirar por la ventanilla... 
La realidad fue distinta: lo único que hice durante todo el viaje fue estar despierto pensando en el mar, tratando de tocarlo, de olerlo, de verlo.

Después de encontrarme con el gordo en la terminal de ómnibus de la Villa y de estrecharnos en un abrazo, me llevó a la casa en donde estaban para alojarme en su propia habitación. 
El pueblo ya me había asombrado y gustado definitivamente. Había observado sus calles de arena con subidas y bajadas, y los bosquecitos de pinos que había por todas partes. Mas que un lugar para vacacionar, me parecía un país de gente feliz, como en los libros de cuentos; con todo lo que este debía tener: colinas, bosques, pájaros, un cielo increíble y algo que sospechaba a cada minuto con mas fuerza. El mar.
Mientras acomodaba mis pocas cosas en la habitación, charlábamos con el gordo para actualizarnos en las informaciones mutuas, mientras el giraba un palito entre sus dedos, como lo hizo siempre y lo estará haciendo en este momento. Me contaba que cuando podía zafar de Alejandro, su hermano menor, salía por la 3 a relojear algunas minas, porque el lugar estaba lleno y además se regalaban. Me explicó (esa fue la primera vez que lo escuché en mi vida) que en las vacaciones, las minas no quieren ningún tipo de compromiso, que buscan el enganche fácil y rápido que dure un par de semanas, ya que a la vuelta, en Buenos Aires las espera el novio. El gordo tenía la idea de invitar a alguna chica a ver la fosforescencia del mar a la noche, ya que según el, esto tenía un efecto afrodisíaco infalible. A mí todo esto me sonaba fabuloso porque para mí, hablar de chicas a esa edad, significaba referirme a todas las taradas del colegio y a la única que no era tarada porque de ella estaba enamorado, por supuesto sin que ella lo supiese. Y era verdad que las calles estaban llenas de chicas. Nunca había visto tantas y tan lindas juntas. Sin embargo el lugar tenía para mí un atractivo mágico y poderoso, superior a las chicas: el mar, que me llamaba a gritos desde el otro lado de los médanos, ejerciendo una fuerza irresistible, llena de misterio, como las tortuguitas recién nacidas que siempre rumbean para el lado del agua, aunque uno las vuelva locas tratando de desorientarlas.

Esa misma mañana el gordo Hugo Grill, ignorando la trascendencia del momento, me llevó a conocer el mar.


En mi vida he visto muchas películas, donde una persona camina subiendo una colina y al llegar a la cima, en cámara subjetiva de este personaje, se descubre a los ojos del espectador, del otro lado de la cuesta, un lugar de ensueño, o un paraje largamente anhelado por este caminante, mientras una música majestuosa subraya la imponencia del momento. Un recurso utilizado hasta el cansancio en toda la historia del cine. 
Pero en ese momento, trepando por los médanos al lado del gordo, todavía no había visto esa escena en ninguna película. Así que mi capacidad de asombro estaba intacta. Y la primera vez que mis ojos recorrieron esa escena fue en la realidad. En la querida Villa Gesell. En esa gigantesca montaña de arena que había que vencer.
Aún antes de llegar a la parte más alta del médano, el mar me hizo llegar su primera señal, algo que no había calculado en todas mis sesiones de imaginación previas: el sonido de las olas. Un sonido que detuvo mi conversación con el gordo inmediatamente y que se sobrepuso a todos los sonidos que hasta entonces tenía archivados en mi memoria. Un sonido que no se escuchaba sino que se sentía, que no entraba por los oídos sino por el pecho, que golpeaba en vez de sonar. Un sonido que no pudo ser doblegado ni siquiera por el propio Wagner con la Cabalgata de las Walkyrias, quien irrumpió en persona y a toda orquesta, un instante después, cuando en lo alto de la duna y solos en el universo nos presentamos el mar y yo; cuando emocionado y sin aliento, le juré respeto eterno.
Ese particular momento se me grabó en forma indeleble, mas en mi corazón que en mi cabeza, y ha determinado el cariño que le tuve a Villa Gesell durante el resto de mi vida. A veces me he puesto a pensar que ese amor se debe quizás a otras cosas, a otros episodios cuyo recuerdo me emociona, y que también me sucedieron en la villa; pero creo que en realidad es al revés: estos hechos sucedieron allí, o tuvieron ese especial sabor justamente por la magia que, para mí siempre envolvió a Villa Gesell. No es casualidad que siempre que fui allí, me ha costado volverme.
El gordo siguió todas las vacaciones tratando de llevar a alguna chica a ver la fosforescencia, mientras que a mi, el amor me llegaría un poco mas tarde, a la vuelta de esas vacaciones, y en forma de enamoramiento imaginario, en una hipotética situación de fuga con una niña inocente y bella hacia los bosques de pino en una noche de luna clara y no en verano, sino en época de frío y soledad. 
En la casa de Hugo, en Buenos Aires, también eran medio fanáticos y escuchaban los discos de Carlos Barocela, un romántico oriundo de Gesell, que con su guitarra le cantaba a las tardes de octubre, a los crepúsculos, a las caminatas en la playa, y a toda la imaginería típica que me alimentaba en ese tiempo. Todavía hoy puedo escuchar esa música como si tuviera el long play girando en mi viejo combinado Ken Brown.
Algunos años mas tarde, a los diecisiete o dieciocho, me escapé finalmente a la villa con una niña inocente y bella: una venezolana llamada Mercedes, zurda hasta el tuétano, cuyo padre, un médico cubano anarco comunista, con su madre, una arquitecta mexicana, y sus 2 hermanitas ecuatorianas, se presentaron a la salida del micro, en la terminal de Antón, provocando no solo mi sorpresa al verlos, sino también un principio de colapso cardíaco y un instante de duda entre salir corriendo a toda velocidad, o enfrentar la situación con hombría y altura y poner inmediatamente una fecha de casamiento a corto plazo. Estimaba que esta última actitud era lo único que me salvaría de los balazos a quemarropa que me propinaría el señor padre de mi novia. Mi sorpresa y el temblor de mis piernas aumentaron cuando, en lugar de apuntarnos con un arcabuz, papá y mamá junto con las niñitas y a coro nos desearon un feliz viaje y nos llenaron de recomendaciones acerca de los cuidados con el sol, el frío y el mar, sin dejar de expresar lo afortunados que éramos al tener la posibilidad de disfrutar de unos días de vacaciones en un lugar tan lindo.
Años mas tarde, siendo ya adulto, mi inclinación por el cine me dio grandes momentos en Villa Gesell, en las Jornadas de Cine Independiente que se repetían en las Semanas Santas de cada año. El taller de cine al que pertenecía, me proporcionó grandes amigos, junto con los cuales viví momentos inolvidables de euforia junto al mar. Eran épocas de transitar infinitas rutas por las noches, mirando hacia arriba la vibrante luz de las estrellas muertas.

Y el mar siempre estuvo allí. Esperando durante milenios que yo terminara de trepar ese enorme médano. Y luego esperando a otros. Y a otros. Esperando para reproducir ese inconmesurable acto íntimo de comunión con millones de otros seres. Me imagino entonces a ejércitos de adolescentes trepando médanos en todo el mundo, corriendo como desaforados, desparramando arena con pies y manos, como blandas tortuguitas sin caparazón, acudiendo a su destino ineludible, a encontrarse cada uno con su mar propio. 
Este recuerdo de Villa Gesell que me hace poner bien, es entonces una reafirmación de esa especie de santuario personal que para mi es el mar. Y que para otros será un cielo, algún árbol o una estrella. 

3 comentarios:

Ivana Gorosito dijo...

para mi, ese santuario personal sos vos

Lucrecia dijo...

hace 5 días conocí el mar de la manera más especial del mundo
y no sabés cómo estoy llorando después de leer esto
gracias a ivana por mostrarme este texto
y gracias a vos por describir lo q para mí en este momento es indescriptible

Nahualito dijo...

Lucre! Gracias por tu visita.
Bienvenida y para la próxima visita, te esperamos con unos matecitos!!